viernes, 23 de noviembre de 2012

Delineame...




 

De tu cama horizontal a mis besos, un anhelo.

De mi sonrisa vertical a tus labios, un suspiro.      
        
De nuestras curvas inclinadas al placer, siempre el cielo.

martes, 20 de noviembre de 2012

Cogí un autobús y perdí una pinza...




Diez minutos después de esperar congelada bajo la mampara de la parada, llega el autobús.

Y como siempre te subes, pagas el billete y caminas por el estrecho pasillo hacia la plataforma central.

No hay asientos libres, algo normal. Te apoyas sobre el cristal empañado mientras con una mano te sujetas a la barandilla y con la otra regulas tu mp3. Levantas la cabeza aburrida mirando en derredor, y es entonces cuando lo notas. Una sensación extraña. Algo que te había pasado desapercibido hasta hoy.  Algo tremendamente inquietante… ¡viejos!  ¡Ancianos! 

Acongojada paseas la vista en un ángulo de 180 grados y tus ojos sólo ven: ¡viejos!  ¡Personas mayores!
59 ojillos arrugados me miran con sonrisa bonachona. ¡No me fío!
Ellos, casi todos llevan paraguas y bufanda. Ellas, casi todas llevan carmín y pendientes muy dorados.
Ellos y ellas casi se descoyuntan  en cada frenazo del  autobús.

Yo, comienzo a temblar.
Mi mente no para de contabilizar, de multiplicar, sumar y desglosar. Veamos:  hay cinco veces más arrugas que  en una tienda de Adolfo Domínguez,  hay kilos superlativos de tela de boatiné formando abrigos,  hay infinitas cataratas  más que en Iguazú,  más calvas que en un almacén de pelucas,  más calcetines de rombos que en el armario de Carlton…  creo que me estoy mareando!.
Y entonces surge la gran pregunta: ¿ Adónde irán todos?.  Dejamos atrás una, y otra, y otra parada y ninguno se baja. En cada una de ellas suben un par de viejos jubilados más.

Hasta final de trayecto. Donde todos abandonan sus sonrisas postizas y sus buenas costumbres, y se hacen un ovillo compacto de codazos y bolsazos que pugnan por salir allende las puertas, todos al mismo tiempo.
Bajo la última.  Y en la parada, una fila, inmensa, larga, infinita y llena de… ¡viejos!   dulces ancianitos.

Enfilo la acera y mi destino, preocupada, pensativa.  Dejo atrás escaparates, compradores,  transeúntes y mis pasos, no me cruzo con ningún viejo abuelo.  Es un misterio.
Creo que por unos  cuantos minutos he viajado a un mundo paralelo, uno que es muy parecido a éste, pero no es el mismo.  He tenido una experiencia extrasensorial.  He sufrido un viaje astral.  He sido abducida por un lugar donde los  viejos  ancianos se tele transportan en manadas de un autobús a otro en un bucle espaciotemporal infinito. 

Sacudo la cabeza, intentándo despojarme de  esa estúpida teoría.  Apuro el paso hasta llegar al semáforo. Y mientras espero a que de rojo pase al verde observo atónita como pasan un par de autobuses…¡¡ llenos de viejos!!

domingo, 18 de noviembre de 2012

Adiós, Payaso, adiós

 
Hasta siempre Miliki!

Gracias por acompañarme en todas las meriendas de pan con mantequilla de mi niñez  junto al televisor. Gracias por preguntarme siempre como estaba. Gracias por dejarme  darle de comer bolitas de anís al ratón de Susanita. Gracias por poder ayudarme a decirles  adiós a Don Pepito y a Don José. Gracias por presentarme a la gallina Turuleca, por montarme en el auto de papá y por hacer que me picase la nariz. Gracias por hacer que la ventanita en blanco y negro de mi salón, cada tarde, con  vuestra función, se llenase de color.

¡Buen viaje! Arriba te esperan Fofó, Gabi y el Circo que nos alegraba siempre el corazón. Te llevas contigo un pedacito muy grande de mi infancia.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Le Desahuciaron la Vida




Mientras se asomaba al alfeizar se presignó. Nunca había sido creyente, pero en aquel momento un porsiacaso silencioso le obligó a hacerlo. 

Dudó un instante, siempre había tenido vértigo. 

Miró hacia atrás, donde ya  no quedaba nada, y ésa visión le produjo un vértigo todavía más insoportable que su propio miedo. 

Se asomó un poco más, cerró los ojos, y se dejó llevar.

Mientras caía, cientos de recuerdos  se tatuaron en el interior de su frente:  

Aquel día  de verano en el que le entregaron las llaves de su piso y fue feliz.

Aquel día lluvioso de abril, en el que cruzó el umbral de la puerta con su primer hijo en brazos, y fue feliz.

Aquel día en el que cumplió cuarenta, y el salón se llenó de abrazos y cariño cuando soplaba las velas, y fue feliz.

Aquel día en el que llegó la carta de desahucio y fue el principio del fin.

Fue justo con esa visión, cuando un ruido sordo acompañó a su terrible encuentro con la acera.  No sintió nada.  Se le partió el cráneo de manera instantánea.

Un reguero espeso y cálido cubrió las losas. 

La gente sólo vio sangre, no supo ver que se le desparramaron los sueños.


martes, 13 de noviembre de 2012

Hace un frío de pezones






Tirito, desnuda bajo las mantas.

Asomo la nariz sobre el embozo de las sábanas. Frío.

Aguzo las orejas más allá de la ventana. Silencio frío.

Suicido un pie en el aire de la estancia. Frío, frío.

Yo y mi piel nos arrugamos, compinchadas nos rebelamos y nos arrebujamos decididas, a pasar el día en el abrazo de mi cama.



sábado, 10 de noviembre de 2012

Besos





Hoy me apetecen besos, de colores,  con olores, con flores.

Besos llenos, de emociones, de sabores, de canciones.

De esos besos que duelen, que muerden, que te encienden y te inflaman. 

De esos que saben a queso,  a vino añejo o a melón muy fresco.

De esos que te salvan el alma, te asesinan la calma y te roban la vida.

Hoy me apetecen besos,  a puñados y a trocitos, que se hagan uno en mi boca, y se vuelvan enteros en mi estómago. 

Que  mientras tú  me beses muera,  que cuando yo te bese, resucites.

martes, 6 de noviembre de 2012

Unas Tetas de Muerte






Berta tenía los pezones como timbres de castillo.  Redondos, orondos y  sobresalientes. Cum Laude, dirían algunos.

Erguidos, rosados y rosáceos,  de areolas rotundas, esféricas y centradas. 
Tanto si hacía frío como calor, emergían inhiestos, traviesos e inflamados. Eran como aquellas canicas con las que jugábamos antaño, pero con una  textura firme y carnosa proclive a pellizcar y acariciar.

Berta tenía por norma encremarlos y domarlos cada mañana, durante media hora al menos.  Con su botecito de loción hidratante, se sometía a la placentera tarea de acicalarlos y reafirmarlos.
Después, salía al balcón y regaba las plantas desnuda de cintura para arriba. Y mientras los pétalos de los geranios le cosquilleaban los pechos, ella le mandaba besos de aire al vecindario de enfrente.

Berta adoraba sus pechos, amaba sus tetas, se maravillaba con sus senos, vivía orgullosa de, con y para su escote.
En casa jamás usaba parte de arriba, en la playa tampoco,  y había días que si no hacía demasiado frío bajaba la basura pechuga en ristre. 

Era la comidilla femenina del barrio, y la merendilla onanista masculina de la manzana.  A ella, como no, le traía sin cuidado. Sabía que sus tetas eran la envidia de ellas, y el deseo de ellos. Así que eso la inflaba de una manera brutal, y a la vez sensual. 

Tanto se le inflamó el deseo y el pecho, que sus manos comenzaron a mostrarse escasas. Tuvo que buscar refugio en  lugares ajenos e inciertos. Poco a poco aquellos senos, fueron siendo cada vez menos de ella y cada vez más de otros, hasta que de tanto repartirlos se le fue cuarteando la piel y el lustre.

Berta empezó entonces a taparlos, a sujetarlos y camuflarlos.  Se cruzaba de brazos en la parada del autobús, usaba echarpes en el trabajo y una bata bien pertrechada en casa. 

Los pechos se descolgaron, los pezones se le pudrieron  y las estrías y arrugas camparon a sus anchas.  Tanto y de tal manera que el busto se le hizo pellejo.  No pudo soportarlo, se suicidó una mañana de enero. Se colgó de un sostén frente al espejo. 
Algunos diarios se hicieron eco: Encontraron mujer  en su piso muerta.  Todo apunta a un suicidio. La autopsia es clara: fue a causa de un  despecho.